Un viaje por las rutas de exploradores de África Oriental | Travelface

Un viaje por las rutas de exploradores de África Oriental

En 1858 el explorados John Speke divisó por primera vez el lago Victoria, el lago más grande de África Oriental. Era en la época dorada de la exploración.

Speke regresaba con Richard F. Burton de una expedición al lago Tanganica cuando se desvió para comprobar si era cierto que había otra gran extensión de agua al oeste. Era esta la época en la que mucho exploradores se dedicaron a buscar el origen del río Nilo. El cual en la actualidad se conoce por proceder de diversas fuentes. En cuanto vio el lago, Speke tuvo la certeza que alimentaba el Nilo. Regresó cuatro años después, ya sin Burton, para localizar las fuentes del Nilo en la actual Uganda.

Fue cerca de Mwanza donde Speke contempló lo que parecía un gran mar interior. Hoy Mwanza ha crecido hasta convertirse en la segunda ciudad de Tanzania, con medio millón de habitantes, un centro caótico y un montón de rocas redondeadas que parecen esparcidas al azar entre las casas para añadir al lugar unas dosis de misterio.

África Oriental

 

Navegar por el lago permite ver de cerca algunas de sus muchas islas y recordar la aventura del explorador Henry Stanley, que en 1874 circunnavegó el Victoria para certificar que tenía un único desagüe: las fuentes del Nilo descubiertas por Speke.

Se está bien en Mwanza, pero para ver lo mejor de África hay que alejarse de las ciudades. Esto es lo que hice, en compañía de mi amigo Miquel Ribas, uno de los hombres que mejor conoce este continente. Íbamos en un vehículo de la agencia Kananga con destino al parque nacional del Serengueti, la gran llanura de casi quince mil kilómetros cuadrados (la mitad de la superfície de Cataluña) en la que viven un millón de ñus, un millón de gacelas y un cuarto de millón de cebras, además de otros muchos animales, entre ellos cientos de leones que se pasan el día holgazaneando.

El Serengueti sobrecoge por su inmensidad

El Serengueti sobrecoge por su inmensidad y por la belleza de una sabana punteada de acacias parasol que alcanza su punto máximo en la gran migración, cuando centenares de miles de animales se desplazan hacia Masai Mara (en Kenia) en busca de nuevos pastos.

A medida que avanza el safari, constatas que es lo más parecido a un viaje a la prehistoria que despierta emociones olvidadas. Hay que estar siempre atento, ya que en cualquier momento puede aparecer uno de los cinco grandes (león, leopardo, elefante, búfalo y rinoceronte), o manadas de cebras, ñus, impalas o cualquier otro animal que levantan polvaredas mientras subrayan el encanto de África.

 

África Oriental Parque Serengeti

 

El Serengueti es uno de los grandes santuarios de la naturaleza, tal como narran Bernhard y Michael Grzimek en Serengueti no debe morir, un libro de 1959 en el que el que fuera director del Zoológico de Berlín cuenta como, junto con su hijo a los mandos de una avioneta, se dedicó a la ímproba tarea de contar toda la fauna que albergaba este ecosistema y, de paso, a insistir en la necesidad de preservarlo.

En el camino hacia el Ngorongoro pasamos por dos hitos importantes: la garganta de Olduvai, donde hay las primeras evidencias del origen del hombre, y los poblados masáis, una de las etnias más conocidas de África.

A los masáis, que hoy te acogen con sonrisas y danzas, se les tuvo durante años por guerreros irreductibles. Lo cuenta el explorador escocés Joseph Thompson en Through Maasai Land, un libro de 1885 donde afirma que solía resolver sus problemas con el ingenioso sistema de echar una cucharada de sal de frutas a un vaso de agua. Cuando los masáis veían la efervescencia, abrían unos ojos como platos, lo tomaban por un mago y le franqueaban el camino.

 

 

África Oriental, Ngorongoro

 

La llegada al Ngorongoro, uno de los paisajes más maravillosos de África, es el momento culminante del viaje. Desde la terraza del Ngorongoro Wildlife Lodge no me cansaba de admirar la inmensidad de este mundo perdido. Mientras lo contemplaba, volví a acordarme de Bernhard Grzimek, que en los años cincuenta tuvo que pasar una noche solo en el cráter, después de que se averiara la avioneta de su hijo. Sobrevivió gracias a la ayuda de unos pastores masái, que entonces vivían en el interior del cráter.

El descenso al cráter, poco a poco para salvar el fuerte desnivel, tiene algo de ritual iniciático. Al llegar abajo, la visión de las manadas de cebras y ñus, los leones al acecho, los elefantes, los rinocerontes negros, las hienas, los chacales y otros muchos animales me convenció de que estaba en lo más parecido al Jardín del Edén.

Una avioneta nos llevó desde una pista cercana al lago Manyara hasta Bagamoyo, una ciudad de la costa de Tanzania que fue a finales del XIX capital del África colonial alemana. Las ruinas de las antiguas edificaciones alemanas se levantan todavía hoy, como un contrasentido, entre la playa y las palmeras. Remiten a un pasado olvidado, como la iglesia en la que estuvo expuesto el cadáver de Livingstone en 1873.

Bagamoyo significa en suajili “abandonad toda esperanza”, un triste nombre que recuerda las caravanas de esclavos cazados en el interior del continente que llegaban aquí antes de embarcarlos para Zanzíbar.

 

 

Jo Turner, propietaria de un hotel de Bagamoyo, el Firefly Lodge, me explica que compró hace unos años un caserón de principios del XIX y lo adaptó para convertirlo en hotel. “Es probable que esta casa fuera un almacén de esclavos, pero prefiero no saberlo”, reflexiona. “Desde el primer día he procurado contagiarle energía positiva. Hay que olvidar el trágico pasado y apostar por un nuevo Bagamoyo”.

El viaje terminó en Zanzíbar, una isla en la que se superponen las culturas suajili, omaní, portuguesa, alemana, británica… En el pasado Zanzíbar fue centro del tráfico de esclavos, hasta que, después de la prohibición, pasó a ser isla de las especias y base de los exploradores. Hoy, sin embargo, es un cotizado destino turístico que apuesta por unas paradisíacas playas que invitan a la desconexión.

 

África Orienta Zanzíbar

 

Stonetown, la capital de la isla, es un contrapunto maravilloso que propone una ciudad laberíntica con tiendas que parecen escapadas de las mil y una noches y antiguos palacios transformados en hoteles con encanto, como el Swahili House, el Emerson Spice o el Africa House. La terraza de este último, antiguo cuartel general de las tropas británicas, es el lugar ideal para contemplar la puesta de sol sobre un mar cruzado por las velas triangulares de los dhows.

En pleno centro de Stonetown, en el antiguo consulado británico, una placa recuerda que allí durmieron Burton, Speke y Livingstone. En el interior, sin embargo, reinan la suciedad, el olvido y el desorden, aunque en un extremo del edificio, abierto a la playa, se levanta el Livingstone Beach Restaurant, uno de los lugares más animados de Zanzíbar, con actuaciones en directo y África a flor de piel.

No muy lejos se encuentra el Capital Art Studio, un estudio fotográfico en el que Rameh Oza se esfuerza en continuar la labor iniciada por su padre, Ranchod, en 1930. Ambos han hecho miles de fotos en blanco y negro que resumen la historia de la isla. El empuje del turismo, sin embargo, alimenta el pesimismo de Rameh. “Aquí hay cada día más turismo y menos espacio para otras actividades”, se lamenta. “La próxima vez que vengas a Zanzíbar es muy probable que mi estudio ya esté cerrado”.

Sería una lástima, desde luego, pero en África Oriental el paso del tiempo no entiende de sentimentalismos.

Fuente: La Vanguardia

Recommend
  • Facebook
  • Twitter
  • Google Plus
  • LinkedIN
  • Pinterest
Share
Tagged in

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies